Wikipedia —muy suelta ella— asegura que en diciembre de 1930 la RAE aprobó los femeninos profesionales.
Que si médica, ingeniera, diputada…
Muy bonito todo.
Pero en mi casa esa circular llegó… en burra, con alforjas y sin prisa por modernizar nada.
Porque yo aún crecí escuchando cosas como:
—“Mi hija quiere ser médico, pero no te preocupes, se le pasará.”
—“La vecina es jefe, aunque no lo ponga en la puerta… ni falta que hace.”
—“¿Ingeniera? Eso suena a electrodoméstico, hija.”
Y no era maldad:
Era época.
Época de permanente con laca Nelly, de café recalentado en la cocina y de madres que levantaban países enteros mientras la RAE debatía si se decía directora o cosas de mujeres.
Luego llegaron los gloriosos 80, esa década donde:
✨ Tu madre ya hacía de CEO logística, pero oficialmente era “la que sabe dónde están las cosas”.
✨ Era CFO, pero con Casio, boli mordido y sobres de ahorrar.
✨ Era Project Manager, pero del colegio, la compra, la lavadora y la vida entera.
✨ Y en la puerta del médico seguía poniendo “Dr. Tal”… aunque quien te curaba el susto era ella.
Porque aquellas mujeres no necesitaban que existiera la palabra para ejercer el cargo.
Ejercían igual: con fuerza, humor, callo… y un café de puchero que te levantaba hasta el ánimo (y hasta las persianas).
Y es que, si lo piensas, tu madre ya era profesional antes de que el diccionario se enterase.
Si hubieran nacido hoy, serían astronautas, diputadas o ingenieras…
Pero les tocó serlo en silencio, entre fregonas, fichas del parchís y un brasero eléctrico que daba más miedo que la factura de la luz.
Así que sí: celebremos la efeméride lingüística.
Pero celebremos, sobre todo, a las que rompían moldes mucho antes de que existiera el molde.
Porque si algo nos enseñaron aquellas mujeres es esto:
No hace falta que te llamen “profesional”.
Hace falta que te dé la gana serlo.
Y, si hace falta… que haya café.
Del bueno.
Del que despierta conciencias.
☕🔥 Tu Camello del Café — repartiendo despertares desde antes de que la RAE nos diera permiso.
Y ahora… mis tocayas.
Sí, las comerciales.
Mi gremio. Mi cuadrilla. Mi estirpe cafeteril.
Las que vendían con carpeta tamaño puerta, tacón de guerra y un abrigo que pesaba más que el maletín de un notario.
Las que entraban diciendo “solo vengo a informarte”…
y salían con el pedido firmado, la ampliación hecha y la recomendación asegurada.
Las que convertían un “no” en calentamiento
y un “ya veremos” en:
“Paco, dame el boli, que esto se cierra hoy.”
Mis tocayas, las que hacían más kilómetros que un Simca 1000 subiendo puertos,
sobrevivían a oficinas con fluorescentes parpadeando como discoteca mala
y negociaban con jefes, clientes y la vida sin despeinarse (la Nelly ayudaba, claro).
Porque las comerciales —las de antes y las de ahora— somos así:
entramos, despertamos el ambiente y dejamos olor a café y cierre fino.
A ellas, que ya eran comerciales cuando ni la palabra sonaba seria…
GRACIAS por recordarnos que:
Vender es un superpoder.
Y sin café… no firma ni el tato.